Conocí a Guruji el primero de junio de 2019. Y nada volvió a ser lo mismo. Unos días después, me llegó por mail la invitación para una Country Week de países de habla hispana. Cuando vi la fecha no lo pude creer: del 5 al 11 de agosto 2019. Varios meses atrás había ganado una semana de vacaciones en mi trabajo y ¿adivinen qué? ¡Era del 5 al 11 de agosto!, y yo no podía elegir la fecha, ¡me la asignaban! (Guruji tenía todo planeado).

Supe en seguida que iba a viajar, lo cual, en mi vida, era una locura. No soy una persona a la que le sobra el dinero, jamás había viajado a Europa, mucho menos sola y sin conocer a nadie. Solo la certeza de seguir el llamado de Guruji.

Apenas a dos meses de haberlo conocido estaba llegando al aeropuerto para tomar un vuelo a Alemania. Solo tenía el contacto de una persona que viajaba en el mismo vuelo. Y yendo totalmente separadas y sin haberlo planificado, teníamos los asientos ¡JUNTAS!, una junto a la otra, no lo podíamos creer. Hermoso viaje, Cristina (hoy Jagarini Dasi), es un amor como me habían adelantado, fue bueno acompañarnos.

La escala era en Roma y el aeropuerto era ¡un caos!, la conexión entre vuelos era justa, no había minutos que perder. Mi amiga tenía pasaporte europeo y pasó por una corta fila mientras que a mí me tocó la línea eterna de cientos de personas, y pensé: listo, me quedo en Roma. Le hice gestos de que se fuera, pero amorosamente se negó a dejarme en esa jungla de gente. Avanzaba lento, anunciaban nuestro vuelo, y yo me ponía cada vez más nerviosa. Cuando finalmente llegué, el señor de migraciones no tenía cara de buenos amigos, y yo, al borde de un infarto, parecía responder todo mal, no tenía mucho dinero (lo suficiente para la estadía y volver), no tenía tarjetas de crédito, le explicaba que iba a un ashram, (¿¡un que!? ) hindú (¿hinduismo en Argentina?) Sí, hinduismo en Argentina, Le dije… No tenía impreso el pasaje de vuelta, lo busqué en mi celular que estaba literalmente a punto de apagarse, no lo encontraba, transpiraba, el señor me arranca el celular y se pone a buscar, finalmente se conmovió, selló mi pasaporte y me dijo más o menos: «¡salí de acá!».

Me reuní con Jagarini Dasi y corrimos por el aeropuerto, perdiéndonos aquí y allá, ¡no llegábamos!, hasta que oímos en altavoz que nuestro vuelo estaba demorado por un ‘problema técnico’ (mmm… ¿Guruji?).  Un poco más aliviadas pero aún corriendo, avistamos la puerta de embarque con la gente amontonada, y al acercarnos, alguien anuncia que ya estaba todo resuelto, que podíamos embarcar (cuando acababan de decir que faltaba media hora aún). Lo que ellos no sabían es que Guruji nos vio llegar, y dio luz verde.

Llegó la hora de volver y ahora sí que volvería sola (bueno, veremos…), al presentar el pasaje en pre-embarque, el caballero me indica que mi pasaje me habilitaba a acceder al VIP. Lo miré confundida y solo aventuré un «¡mire que tengo el pasaje más barato!», me miró como diciendo «pobre tonta» y repitió que mi pasaje me habilitaba el VIP. Agradecí cortés y me retiré a buscar la puerta de embarque. No me iba a arriesgar a ir a ese lugar y tener que pagar algo con plata que no tenía, pero me ganó la curiosidad… Y efectivamente ¡estuve en el VIP! ¡Yo!,  sacaba fotos a todo con mi celular porque sabía que nadie me creería, por las dudas solo tomé un agua con gas, (no podía arriesgarme).

Todo el vuelo de regreso había sufrido un misterioso upgrade a primera clase, me sentía como una niña en un parque de diversiones, y por supuesto, sacaba fotos, que avalaran mi relato.

Ya en Buenos Aires, y sin posibilidad de contactar al amigo que me buscaría con mi familia, solo esperé que me sorprendieran con un cartel de bienvenida, pero para sorpresa mía, no había nadie. Cansada, volviendo del verano en el ashram al frío invierno de agosto sureño, cargué mis valijas y salí para tomar un colectivo que me acercara a mi casa.

No voy a mentir, realmente esperaba ver a alguien esperándome. Pero no importa, si debía terminar la aventura sola, así sería.

En el colectivo yo viajaba de espaldas al pasillo, mirando por la ventana… A mitad de viaje un hombre me toca el hombro. Era de la empresa de transportes. Me pide el pasaje para ver dónde bajaba, me lo devuelve y me dice: “¿Silvina?». Asombrada, le dije: «Sí».  Y agrega: «¿Silvina Gambón?», más asombrada aún, respondo: «¡Sí!». El hombre se da vuelta y se va. Quedé sin entender nada. En ninguna parte figuraba mi nombre y apellido. Miré a todas partes buscando a alguien que hubiera visto la extraña escena, cuando el micro estaba por llegar al destino me acerqué adelante buscando a este hombre, y nunca lo encontré.

Simplemente comprendí (por si hasta entonces no lo había hecho) que ¡jamás viajé sola!, que Guruji ¡siempre estuvo ahí!, y que me lo tuvo que decir tan abiertamente, casi como gritándome: «¡Tonta!, todavía no te das cuenta de que estoy acá, junto a vos, ¡todo el tiempo!», casi puedo verlo, como tirándome de una oreja, con su amor infinito y esa sonrisa que ilumina el universo.
Jai Gurudev.

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